Cartas de San Juan de Dios

Lunes, 14 noviembre 2011, 3:00 | Categoría : Información

CARTA 3ª A LA DUQUESA DE SESSA.

DESTINATARIO:
Dª María de los Cobos y Mendoza, Duquesa de Sessa.

MOTIVACIÓN:
Agradecimiento y despedida de los Duques, previendo no poder hacerlo en persona por su grave enfermedad.

CONTENIDO:
-Motivo de estarles agradecido: Sus limosnas.
-Bendición para los buenos Duques:
- Jesucristo les recompense en el cielo.
- Dios les bendiga y a su generación.
- La bendición del Padre, el amor del Hijo y la gracia del Espíritu Santo, siempre con ellos.
- Recomendación para Angulo que queda en la miseria.
- Les deja sus armas o testamento espiritual.
- Recuerden la Sangre de Jesucristo y su Sacratísima Pasión.
- Virtudes teologales.
- Virtudes cardinales.
- La Cruz, necesaria en cualquier estado para el que quisiera salvarse.
- Cosas que debemos a Dios: Amor, servicio, reverencia.
- Distribución del día en: oración, trabajo y mantenimiento corporal.
- Acordarse: de la hora de la muerte, del infierno y de la gloria.
- Esfuerzo para no sucumbir ante el mundo, demonio y carne.

CARTA 3ª A LA DUQUESA DE SESA

Sea entregada esta carta a la humilde y generosa doña María de los Cobos y Mendoza, esposa del noble y virtuoso señor don Gonzalo Fernández de Córdoba, Duque de Sesa, hermanos míos en Nuestro Señor Jesucristo.

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestra Señora la Inmaculada Virgen María.

Sea Dios preferido a todas las cosas del mundo. Amén Jesús.

Dios os salve, hermana mía en Jesucristo, la buena Duquesa de Sesa, y a todos los que con vos están y cuantos Dios quiera y mande. Amén, Jesús.

El gran amor que siempre os he tenido, tanto a vos como a vuestro humilde esposo el buen Duque, me obliga a no olvidaros, por lo mucho que os debo y obligado que os estoy por haberme ayudado y socorrido siempre con vuestra bendita limosna y caridad, en mis trabajos y necesidades, para sustentar y vestir a los pobres de esta Santa Casa de Dios y de otras muchas además de ésta. Muy bien lo habéis hecho siempre como buenos defensores y caballeros de Jesucristo.

Todo esto me obliga a escribiros esta carta, buena Duquesa, porque no sé si podré veros y hablaros más veces; en mi lugar, sea Jesucristo quien os vea y hable con vos.

Es tan grande el dolor que me causa mi enfermedad, que no puedo hablar, y no sé si podré terminar de escribiros esta carta.

Mucho desearía veros, por tanto, rogad a Jesucristo, siempre que en ello sea El servido, para que me dé salud que El sabe necesito para salvarme y hacer penitencia de mis pecados. Si dándome la salud es El servido, luego en poniéndome bueno, quiero ir a visitaros y llevaros las niñas que me habéis pedido.

Hermana mía en Jesucristo, había pensado estar ahí la Pascua de Navidad, mas Jesucristo lo ordenó mucho mejor de lo que yo merecía.

¡Oh buena Duquesa! Jesucristo os pague en el Cielo la limosna y santa caridad que siempre me hicisteis y os traiga con bien al buen Duque, vuestro muy generoso y humilde marido, y os dé hijos de bendición, que yo espero en Jesucristo, que así lo hará. Y acordaos bien de lo que os dije un día en Cabra (Córdoba): “Tened esperanza en Jesucristo sólo, que de Él seréis consolada aunque al presente paséis trabajos, porque al fin todos ellos han de ser para mayor consolación y gloria vuestra si por Jesucristo los padecéis”.

¡Oh buenos Duques! De Dios seáis benditos y toda vuestra generación. Como no puedo veros, desde aquí os bendigo, aunque indigno pecador:

Dios que os hizo y os crió, os dé también la gracia con que os salvéis. Amén Jesús:

La bendición de Dios Padre, el amor del Hijo y la gracia del Espíritu Santo sea siempre con vosotros, con todos y conmigo. Amén, Jesús.

De Jesucristo seáis consolados y socorridos, pues por Jesucristo me ayudasteis y socorristeis, hermana mía en Jesucristo, la buena y humilde Duquesa.

Si Jesucristo es servido llevándome de esta vida presente, aquí dejo ordenado que cuando venga mi compañero Angulo, que ha ido a la Corte, y al cual os encomiendo, porque él y su mujer quedan muy pobres, os lleve mis armas, que consisten en tres letras de hilo de oro, las cuales están en raso colorado. Las tengo guardadas desde que entré en batalla con el mundo. Guardadlas muy bien con esta cruz, para darlas al buen Duque cuando Dios le traiga con bien.

Están en raso colorado para que tengáis siempre en vuestra memoria la preciosa sangre que nuestro Señor Jesucristo derramó por todo el género humano, y su Sacratísima Pasión, porque no hay más alta conteplación que en la Pasión de Jesucristo, y cualquiera que sea devoto de ella no se perderá con la ayuda de Jesucristo.

Tres son las letras porque tres son las virtudes que nos encaminan al Cielo: la primera es la fe, por la que creemos todo lo que cree y tiene la Santa Madre Iglesia, guardando sus mandamientos y poniéndolos por obra; la segunda es la caridad, teniendo caridad primero de nuestras almas, limpiándolas con la confesión y penitencia, después caridad con nuestros prójimos y hermanos, queriendo para ellos lo que queremos para nosotros; la tercera es la esperanza en sólo Jesucristo, pues por los trabajos y enfermedades que por Él pasáramos en esta vida miserable, nos dará la gloria eterna por los méritos de su Sagrada Pasión y su gran misericordia.

Son de oro las letras, porque así como el oro es tan preciado metal y para ser preciado ha de resplandecer y tener el color que exige, lo cual requiere primero ser apartado de la tierra e inmundicia en que se da y después purgado por el fuego para quedar limpio y apurado, así también conviene que el alma, que es joya tan preciada, sea apartada de los deleites y carnalidades de la tierra, y de esta manera quede sola con Jesucristo, para ser después purgada en el fuego de la caridad con trabajos, ayunos y disciplinas y áspera penitencia, y así sea preciada de Jesucristo y resplandezca delante del acatamiento divino.

El paño tiene también cuatro esquinas que representan las cuatro virtudes que acompañan a las tres que hemos dicho primero, y son éstas: Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza.

La Prudencia nos muestra cuán prudentes y sabios nos hemos de mostrar en todas las cosas que hagamos o pensemos, tomando consejo de los más viejos y que saben más.

La Justicia quiere decir que seamos justos, dando a cada uno lo que es suyo; a Dios lo que es de Dios y al mundo lo que es del mundo.

La Templanza nos enseña que templadamente y con regla: comamos, bebamos, nos vistamos y todas las demás cosas que son menester para servicio de los cuerpos humanos.

La Fortaleza nos dice que seamos fuertes y constantes en el servicio de Dios, mostrando alegre el rostro en los trabajos, fatigas y enfermedades, así como en la prosperidad y consuelo, dando gracias a Jesucristo por lo uno y por lo otro.

Tiene el paño por el reverso una cruz a manera de aspa; todo el que desea salvarse ha de llevarla conforme Dios quiera y con la gracia que El le dé, si bien todos persiguen un mismo fin, cada uno va por el camino que Dios le traza; así, unos son frailes, otros clérigos, otros ermitaños y otros son casados, de tal manera que en cualquier estado se puede uno salvar si quiere.

Todo esto, buena Duquesa, lo sabéis vos mucho mejor que yo, y, por lo tanto, huelgo de hablar a quien me entiende.

Tres cosas debemos a Dios: amor, servicio y reverencia.

Amor porque como a Padre Celestial hemos de amarle sobre todas las cosas del mundo.

Servicio, sirviéndole como a Señor, por sola bondad y no por el interés de la gracia que ha de dar a los que le sirvieron.

Reverencia como a Creador, no trayendo a la boca su Santo nombre, no siendo para darle gracias y bendecir su Santo Nombre.

En tres cosas, buena Duquesa, habéis de emplear el tiempo de cada día: en oración, en el trabajo y en el mantenimiento para el cuerpo.

En oración, dando gracias a Jesucristo, luego que os levantéis por la mañana, por los bienes y mercedes que siempre os hace, por haberos criado a su imagen y semejanza y porque nos dio la gracia de ser cristianos; pidiendo después misericordia a Jesucristo para que nos perdone y rogando, en fin, a Dios por todo el mundo.

En el trabajo, trabajando corporalmente, ocupándonos en algún ejercicio que sea virtuoso, para que merezcamos lo que comemos, a ejemplo de Jesucristo, que trabajó hasta la muerte, y porque no hay cosa que engendre más pecados que la ociosidad.

En mantenimiento para nuestro cuerpo, porque así como un arriero cura y mantiene un animal para servirse de él, así conviene que le demos a nuestro cuerpo lo que necesita y de esta manera tengamos fuerzas para servir a Jesucristo.

Hermana mía muy amada y muy querida, por amor a Jesucristo os ruego que tengáis tres cosas en la memoria, que son: la hora de la muerte, de la cual ninguno puede escaparse; las penas del infierno; la gloria y bienaventuranza del Paraíso.

En la primera, pensad cómo la muerte consume y acaba todo lo que este miserable mundo nos da, y no nos deja llevar con nosotros sino un pedazo de lienzo roto y mal cosido.

Lo segundo, pensad cómo por tan leves deleites y pasatiempos que presto se pasan, hemos de ir a pagarlos, si morimos en pecado mortal, al fuego del infierno, que siempre dura.

En tercer lugar, considerad la gloria y bienaventuranza que Jesucristo tiene guardada para los que le sirven, las cuales nunca ojo vió, ni oído oyó, ni corazón alguno pudo pensar.

Así, pues, hermana mía en Jesucristo, esforcémonos todos por amor de Jesucristo, y no nos dejemos vencer de nuestros enemigos : el mundo, el diablo y la carne.

Sobre todo, hermana mía, tened siempre caridad, que es la madre de todas las virtudes.

Hermana mía, mucho me atormenta el dolor y no me deja escribir; quiero descansar un poco, ya que os quiero escribir largamente porque no sé si nos veremos más.

Jesucristo sea con vos y con toda vuestra compañía, etc.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

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