CAPITULO IX

Domingo, 16 marzo 2008, 15:07 | Categoría : Información

LA CONVERSIÓN DE SAN JUAN DE DIOS (1539)

Toda conversión ha de hacer referencia, como en la persona de Jesús, a “salvación de muchos”, pasando por el propio sacrificio y la entrega voluntaria. Es considerada como el cambio radical en la propia forma de pensar, basada en el poder, tener y placer, hacia otra forma de vida, más complicada y estrecha, en la mayoría de los casos incomprensible incluso para el que la vive, pero liberadora, gozosa y gratificante para los otros.

Juan ha cerrado la puerta de la tienda poco antes de la hora de la Misa solemne, el día de San Sebastián, patrón del comercio, la fiesta se celebra en la Ermita de los Mártires, cercana a la Alhambra, el predicador es el insigne “Apóstol de Andalucía” Juan de Ávila. Entra Juan entre el tumulto y escucha al predicador:

” Si el Señor no bajara del monte a la llanura, ¿qué fuera de nosotros? En nuestras enfermedades nos quedáramos. Si el Señor no se quitara la vestidura de su grandeza, disimulándola, y se ciñera la toalla de nuestra humanidad, por lavar se quedaran los hombres llenos de sus miserias y suciedades… si el Señor no bajara en la zarza y al fuego, en poder de Faraón se quedaran los israelitas. Mas bajando el Señor del monte se atreven a llegar los cojos y los ciegos y todos los enfermos, y todos cobran salud”

Acabado el sermón y tocado por la Gracia Divina salió del lugar como fuera de sí, dando voces y pidiendo al Señor misericordia, pidiendo perdón al Señor por sus pecados y teniéndose por poca cosa, se tiraba al suelo dándose cabezazos contra él, tirándose de las barbas y las cejas para arrancárselas, de tal manera que, quienes lo veían, pensaban que estaba loco.

Abandonó la Ermita de los Mártires y corriendo y dando saltos entró en la ciudad dando voces.

La gente iba tras él ante semejante espectáculo y principalmente los muchachos gritaban: ¡ al loco, al loco!. Llegó hasta su tienda de libros en la puerta Elvira y ayudándose con los dientes y a tirones, destrozó todos los que trataban de caballería y los profanos, dando los de vidas de santos y las estampas e imágenes, al primero que se los pedía por amor de Dios.

En un instante se quedó en la más extrema pobreza, desposeído de todos los bienes temporales ya que también dio toda su ropa, incluida la que llevaba puesta, quedándose sólo con un camisón y un calzón para tapar su desnudez.

Y así, desnudo, descalzo, siguió por las calles principales de Granada dando voces, desnudo, queriendo seguir al Cristo desnudo, pobre con los pobres, para seguir al que es la mayor riqueza. Y así, seguido de mucha gente, llegó hasta la Iglesia Mayor, donde de rodillas comenzó a decir: “misericordia, misericordia Señor de este pecador” y se arañaba la cara y se daba grandes bofetadas y golpes contra la tierra y llorando, pedía perdón al Señor por sus pecados.

Bajar, rebajarse de las propias estructuras personales, es lo que a Juan Ciudad le está haciendo conmocionarse, se decide y lo hace de una forma externa, como para comprometerse ante los demás y que las palabras de Juan de Ávila y sus buenos deseos no queden en el aire. Misericordia, grita mientras se despoja de sus vestidos, se arroja al barro de las calles y regala o destroza su herencia: los libros.

Cristo, el que existía en la forma de Dios, no tomó como botín codiciable ser igual a Dios sino que se hizo nada y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. (Filp.2.)

Juan se está convirtiendo en uno de tantos, para ser tomado pobre con los pobres. La gente grita ¡Al loco, al loco! porque esta forma de obrar es locura.

Desde esta experiencia, él hace por Jesucristo, que es fiel y durable, una opción preferencial por los más pobres de la sociedad. En esto consiste su conversión, su cambio de mentalidad, en una realidad para el cambio social, expresado en su manera de vivir.

Jesús, según recuerda la Carta a los Hebreos (cap.9), fue el primero que, como sumo sacerdote,

“De una vez para siempre se ofreció a sí mismo a Dios para purificarnos de las obras muertas y rendir así culto al Dios de la Vida”.

Juan de Dios, haciendo el bien y ofreciéndose a sí mismo en sus hermanos y prójimos, aclara en qué consiste esta perfecta alianza de Dios con el hombre, cuál es la ley suprema de la misma y cuál es su culto; según dice la carta a los hebreos.

La fuerza y la sabiduría de Dios establecen una alianza con los hombres que no podrá ser comprendida por quienes rehuyen del propio sacrificio o sólo buscan un culto exterior. La alianza fue proclamada a los pobres y a los humildes; tampoco fueron los doctos los que abrazaron la fe y los que cimentaron la historia del cristianismo.

Después de esta experiencia fue recogido por algunas personas principales de la ciudad que, con cariño y buenas palabras, lo llevaron a presencia de Juan de Ávila, contándole todo lo que había sucedido después del sermón.

El P. Ávila pidió quedarse a solas con Juan que le abrió su corazón y le confesó todos los pecados de su vida, pidiéndole le aceptara desde aquel momento como director de su alma.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

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