CAPITULO X

Domingo, 16 marzo 2008, 22:40 | Categoría : Información

CONSEJOS DEL P. JUAN DE ÁVILA

Juan de Ávila aceptó de buena gana a Juan de Dios como hijo espiritual, viendo las buenas intenciones que tenía, cómo se había arrepentido de sus pecados y daba gracias al Señor por él.

La misión del P. Ávila consistirá en asistir a la acción que Dios está realizando en este hombre y alentarle a seguir por ese camino que Dios le está trazando, probablemente no está muy de acuerdo en la forma externa en que Juan lo está realizando, pero el maestro de espíritus sabe que la virtud está en la humillación interior que, aquel hombre que tiene delante, no sabe de medias tintas ni de que se puede humillar sin necesidad de hacerlo tan público y a la manera que lo viene haciendo, pero como su labor es secundar la acción de Dios, según la manera de ser de cada persona, se limita a observar tendiéndole una mano de apoyo, que ya se iría depurando su espíritu con el tiempo si realmente estaba decidido a emprender el camino de Dios.

Le aconsejó que se esforzara en el seguimiento de Jesucristo, confiando en su misericordia que, si Dios había comenzado su obra en él, la terminaría. Que fuese fiel y constante teniendo en cuenta que todos los que inician en el camino del Señor son tentados para que se echen atrás y que el Señor prueba con trabajos y sinsabores, pero que él le ayudaría a seguir adelante en los momentos de tristeza y dificultad. Le dio su bendición y le despidió con gran afecto.

Salió Juan de Dios muy consolado por el trato y las palabras de ánimo del Maestro Ávila, que cobró nuevas fuerzas para menospreciarse y mortificarse, deseando ser tenido por nada y dirigiéndose a la plaza de Bibrambla se metió en un barrizal de lodo, revolcándose en él, confesando públicamente sus pecados, diciendo que era basura, por lo que había ofendido a Dios y que no merecía sino estar en la basura.

La gente, que lo miraba atónita, pensaba que había perdido el juicio, pero él saliendo del lodo, comenzó a correr por las calles principales, dando saltos y muestras de locura. Los muchachos, otros pillos del lugar y gente desalmada, empezaron a correr tras él, tirándole barro y basura y él sufría todo aquello con alegría, como una muestra de su conversión a Dios, queriendo padecer un poco por Jesucristo, que había padecido antes tanto por él.

Llevaba en sus manos una cruz de palo y la daba a besar a cuantos querían y si alguien le decía que se tirase al suelo, lo hacia aunque fuese un niño el que lo pidiera y el lugar estuviese embarrado.

Estuvo Juan de Dios haciendo esto durante varios días, ofreciéndose a los trabajos que le mandaba cualquiera, sin comer. Hasta tal punto llegó su situación que caía en tierra molido por el cansancio y los empujones y pedradas que le daban.

Así, Juan de Dios, se despojó de su hombre viejo, y mortificó el ansia de poder, tener y placer que dominan a todo hombre, pero esta manera de proceder es locura para quienes no comprenden cómo los atenazan estas pasiones dejándose llevar por ellas.

Ciertamente que, esta forma de proceder hoy, es incomprensible y que, para seguir a Jesús, no es necesario llegar a estos extremos, pero esto lo pensamos hoy, después de cuatro siglos y en una sociedad muy distinta a aquella, pero en aquel momento y en aquella circunstancia, Juan de Dios hizo lo que tenía que hacer, lo que sentía que Dios le pedía, para marcar un momento de conversión, un antes y un después en su vida.

Viéndolo dos hombres honrados de la ciudad, se compadecieron de él y tomándolo de la mano, lo sacaron de la multitud y lo llevaron al Hospital Real .

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

Los comentarios están cerrados