CAPITULO XI

Lunes, 17 marzo 2008, 15:21 | Categoría : Información

UNA CASA DE LOCOS (1538-1539) SU PRIMER HOSPITAL

El Hospital Real fue fundado por los Reyes Católicos, situado fuera de la ciudad, en las traseras de lo que hoy es la popular Plaza del Triunfo.

Comienza aquí para Juan de Dios una nueva etapa de su vida, éste es el lugar donde recibirá el Carisma de la Misericordia a la vista de tantos pobres, enfermos y necesitados, pues cuando Dios quiere ayudar a sus hijos necesitados, siempre se vale de alguien que, inspirado por las circunstancias que lo rodean, decide, en nombre de Dios, darle una solución a la luz del Evangelio. El carisma es siempre un don del Espíritu Santo, para servicio y ayuda de la gente. Juan de Dios va a experimentar en su propia carne, el trato que reciben los enfermos, y desde esta situación él será la ayuda de Dios para quien lo necesite.

Ingresa Juan de Dios en el hospital siendo recibido por el mayordomo, que lo conoce porque lo ha visto deambular por la ciudad y viendo la situación en la que llegaba, maltratado, la ropa hecha pedazos y lleno de heridas y cardenales de los golpes y pedradas, mandó que le diesen la ayuda necesaria. En principio lo trataron bien, para ver si venía en sí, curándole las heridas, pero como la principal cura que se daba en este hospital era mediante azotes y ataduras, para que con el dolor y la sujeción perdieran agresividad y volvieran en sí. Lo ataron de pies y manos, desnudo y con una cuerda a modo de látigo, le dieron una buena tunda de azotes. Pero como la enfermedad de Juan era estar herido del amor de Dios, comenzó a decirles a sus enfermeros verdugos:

“ ¡Oh traidores enemigos de la virtud! ¿Por qué tratáis tan mal y con tanta crueldad a estos pobres miserables y hermanos míos, que están en esta casa de Dios en mi compañía? ¿No sería mejor que os compadeciéseis de ellos y de sus trabajos y los limpiaseis y dieseis de comer con más caridad y amor que lo hacéis; pues los Reyes Católicos dejaron para ello cumplidamente la renta que era necesaria?”

Cuando los enfermeros oían esto les parecía un loco malicioso y añadían más azotes que a los otros locos y él no dejaba de reprenderles aunque sufría doble tormento que los demás, padeciendo mucho y ofreciendo en su corazón aquel castigo a Aquel por cuyo amor lo padecía y por quien había tomado aquella empresa.

Estos días de finales de enero de 1538 son los días de un proceso de la acción divina que divide en dos la vida de un hombre que ha sido tocado por la gracia del Carisma de la misericordia, a Dios le ha bastado unas frases de un sermón, el hombre ha puesto toda su vida en disposición de la gracia y Dios ha completado en él su obra.

Van pasando los días y los meses, Juan está en el hospital. Son muchos los días de látigo y encierro y poco el consuelo, pero enterado el maestro Juan de Ávila que estaba encerrado en el hospital por loco, y sabiendo cuál era la causa de aquella locura, le envió a un discípulo suyo para que le visitase, diciéndole de parte de su maestro que: ensayara la práctica de la virtud mientras estaba en el hospital y que ofreciera a Dios sus trabajos y dolores, que tuviese humildad y paciencia que eso le prepararía para lo que Dios tenía reservado para él en el futuro, que aprendiera a luchar contra los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne y que confiara en el Señor que no lo desampararía.

Se sintió muy aliviado Juan de Dios con esta visita y le dijo al mensajero que comunicara a su padre y maestro que le obedecería en todo, esperaría en la misericordia del Señor y que no se olvidase de encomendarle a Dios en sus oraciones, que así tendría fuerzas para seguir adelante.

Los enfermeros del hospital, cuando se alteraba un poco, continuaban dándole azotes y él los recibía alegremente diciendo: “Dadle hermanos, a esta carne traidora y enemiga de lo bueno, que ella ha sido la causa de todo mi mal. Y viendo castigar a los enfermos que estaban locos con él, decía:

“Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio y servirles como yo deseo”

Pasado un tiempo, empezó Juan a mostrarse más tranquilo y daba gracias a Dios, por encontrarse mejor, con estas palabras:

Bendito sea nuestro Señor, que ya me encuentro sano y libre del dolor y angustia que sentía en mi corazón los días pasados”

El mayordomo y oficiales recibieron con agrado los signos de su mejoría y le quitaron las ataduras dejándole andar libremente por el hospital.

Comienza aquí un nuevo período de su estancia en el hospital; si el primero le había servido para amar a Dios a través de la injusticia humana, en este segundo período se entregaría a los demás.

Juan de Dios, sin esperar a que nadie le dijese nada, se dedicó a servir a los pobres del hospital, fregando y barriendo los servicios, ayudando al que lo necesitaba con hechos o con palabras amables y mostrando caridad para con todos. De esta manera empezó a ser querido tanto por los enfermos, a quienes ayudaba, como por los enfermeros a quienes aliviaba el trabajo.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

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