CAPITULO XXVII

Domingo, 6 abril 2008, 15:56 | Categoría : Información

EL FUEGO DE LA CARIDAD (1549)

Tal vez ésta sea una de esas historias, de las más famosas en la vida de San Juan de Dios y por la que el Santo sea más conocido, debido a la gran iconografía que hay sobre ella y que la debemos a la mano del pintor granadino Gómez Moreno; me refiero al cuadro del Incendio del Hospital Real.

Era media mañana del miércoles, tres de junio de 1549, fecha memorable hoy, para la Orden Hospitalaria por celebrar a otro de sus hijos más famosos, San Juan Grande.

En este día veraniego se estaba preparando una gran fiesta en el Hospital Real; el capellán mayor estaba montando todo un festín para agasajar a Dña. Magdalena, de la familia Bobadilla.

El caso es que, en las cocinas del hospital se estaba asando una ternera, rellena de aves, para la fiesta. Mandaron acelerar el asado y aumentar el fuego y éste se les fue de las manos alcanzando la techumbre de la cocina y propagándose rápidamente por las zonas contiguas. Pronto alcanzó las ventanas, formando columnas de humo visibles en toda la ciudad.

Para cuando se enteró nuestro bendito Padre, los alrededores ya estaban llenos de curiosos, teniéndose que abrir paso entre la multitud. Todos le vieron entrar con el más absoluto arrojo por las puertas de aquel Hospital en llamas, él lo conocía bien, había trabajado allí, ¿qué digo trabajado?. Había estado ingresado como loco, y precisamente era la zona de los dementes la que ardía. No dudó en echarse los enfermos a cuestas e ir sacándolos como podía de aquel infierno, una y otra vez entraba y salía, ni un sólo enfermo quedó sin su socorro. Cuando terminó de poner a salvo la vida de aquellos desgraciados, empezó a echar por las ventanas las ropas y las camas con una presteza más que de hombre.

Terminado el trabajo principal de salvar las vidas, se subió a lo alto donde estaba el mayor peligro; para ayudar a atajar el fuego y estando en ello, le envolvieron las llamas. Subió tal espesura de humo que las gentes que miraban desde abajo pensaron que el fuego le había abrasado. Y así corrió la voz entre todas las gentes, que el Bendito Juan de Dios había muerto en el fuego. Y cuando menos pensaron le vieron salir sano y sin lesión alguna.

Y así dan testimonio el Corregidor de la ciudad que se hallaba presente y otros testigos importantes de la ciudad, sin contar toda la gente que allí estaba mirando.

Luisa de Ribera cuenta como testigo que escuchó al Corregidor decir a grandes voces:

“Que busquen al padre Juan de Dios, que más importa su persona y salud que diez hospitales; y por ser tan grandísimo el fuego, nadie se atrevía”.

Cuentan los testigos que al salir todos le miraban y cercaban dando gracias a Dios por ver cómo el fuego no le había hecho daño alguno y estaba libre, “salvo las pestañas y las cejas un poco chamuscadas”.

La imagen de este hombre en las escaleras del Hospital Real, arropado por los enfermos, entre las llamas del Hospital y con su mirada en el cielo, es una imagen bella que nos recuerda cómo la caridad, no tiene fronteras ni límites que, cuando se ama de verdad, el fuego interior de la caridad es más fuerte que cualquier obstáculo posible por muy fuerte que aparezca.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

Los comentarios están cerrados