CAPITULO XXXI

Jueves, 10 abril 2008, 15:41 | Categoría : Información

EL LLANTO DE LOS POBRES

Enterada de la enfermedad de Juan de Dios, Doña Ana Osorio, esposa de García de Pisa que vivía muy cerca del Hospital de los Gomeles, fue a visitarle, encontrándole rodeado de pobres que no le dejaban descansar, acostado en unas tablas, con la capacha de esparto de cabecera. Viéndole tan quebrantado y en tan mal estado, le rogó que permitiera lo llevasen a su casa para poderlo atender bien y así pudiese curarse antes. El Santo se excusó, diciendo: “que no lo sacasen de entre sus pobres, porque entre ellos quería morir y ser enterrado”.

La señora de Pisa le convenció diciéndole que “él había predicado a todos la obediencia y que por tanto obedeciese él ahora, lo que con tanta razón le pedía, por Amor de Dios. El Santo consintió.

Trajeron una silla para llevarlo, porque ya no se podía mover y lo pusieron en ella. Cuando los pobres se dieron cuenta que se lo querían llevar, lo cercaron para que no se lo llevaran por el cariño tan grande que le tenían, pero como no hicieron caso a su resistencia y se lo llevaban de todas las maneras para procurar el mejor bienestar del santo y su curación,

“Comenzaron todos a levantar tal alarido y gemidos, hombres y mujeres, que no hubiera corazón, por duro que fuera, que no reventara en lágrimas”.

Cuando Juan de Dios escuchó los llantos, alaridos y aflicciones de los pobres, alzó los ojos al cielo, y les dijo entre suspiros:

“Sabe Dios, hermanos míos, cómo quiero yo morir entre vosotros; pero, puesto que quiere Dios que muera sin veros, cúmplase su voluntad”

y les echó la bendición uno por uno. Y les dijo:

“Quedad en paz, hijos míos, y si no volviera a veros más, rogad a nuestro Señor por mí”.

A estas palabras volvieron a levantar de tal manera su alarido y le decían tales cosas, que conmovieron el interior de Juan de Dios, hasta el punto de quedar desmayado en la silla.

Cuando volvió en sí, lo llevaron a la casa de los Pisa. Sería ésta la primera procesión de Juan de Dios, aún en vida.

Como había prometido obedecer, consintió que le quitaran el pobre y áspero traje que llevaba puesto y dejó que hiciesen con él cuanto le mandaban. Y así le pusieron camisa nueva y limpia, lo metieron en una cama, ¡cuánto tiempo hacía que no se acostaba entre sábanas!, aceptó médicos y medicinas y la visita de muchas personas principales y señores. Todo esto lo soportó sin él quererlo pero lo que más le dolió fue que lo privasen de ver pobre alguno, poniéndole un portero para que no los dejase pasar, ya que la visita de sus queridos hijos, los pobres de Jesucristo, le hacían llorar y apenaba su corazón de Padre de los pobres.

Enterado el Arzobispo de su enfermedad, lo fue a visitar para consolarlo y animarlo en la situación en que se encontraba, y le preguntó que si tenía alguna pena en su corazón que se la comunicase, porque él la remediaría dentro de sus posibilidades.

Juan de Dios le respondió:

“Padre mío y buen pastor, tres cosas me preocupan: una lo poco que he servido a Nuestro Señor, habiendo recibido tanto. Otra, los pobres y gente que han salido del pecado y mala vida y los vergonzantes. Y la otra, estas deudas que debo, que he hecho por Jesucristo”.

Y le puso el libro en la mano, donde estaban asentadas sus deudas.

El obispo respondió:

“Hermano mío, a lo que decís que no habéis servido a nuestro Señor, confiad en su misericordia, que Él suplirá con los méritos de su pasión; y en los pobres, yo los recibo y tomo a mi cargo, como estoy obligado; y en cuanto a las deudas yo las tomo desde ahora a mi cargo, para pagarlas, y os prometo hacerlo como vos mismo lo hubieseis hecho; por tanto, sosegaos y no os de pena nada, sino atended sólo a vuestra salud y encomendaos a nuestro Señor.

Gran consolación recibió Juan de Dios con la visita de su Obispo y con lo que le prometió. Recibió su bendición, le besó la mano y el Obispo tomó camino para visitar el Hospital.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

Los comentarios están cerrados