CAPITULO XXXIV

Jueves, 10 abril 2008, 15:52 | Categoría : Información

UNAS NOTAS DE SU ESPIRITUALIDAD

Y como cuando Dios quiere ayudar a sus hijos, siempre se vale de una persona que, sensibilizada ante la miseria de sus hermanos, intenta darles remedio, se sirvió de Juan para infundir en él el Carisma de la Misericordia y así buscar alivio y consuelo a todos aquellos desgraciados.

Surge así el Carisma de la Misericordia en una Iglesia necesitada de ejemplo y caridad, el Espíritu Santo suscita en Juan de Dios lo que la Iglesia del momento más necesitaba.

Juan anda de acá para allá haciendo lo que puede por los demás, no sólo vendiendo leña sino también pidiendo para que su socorro llegue a más. Él no sabe de teorías, es un hombre concreto, su imperativo es dar y para ello lo busca a su manera.

Granada era una ciudad de contrastes: algunos ricos, que vivían en buenos palacios y muchos pobres que eran ignorados por las minorías ricas. Esta es la realidad que el bendito Juan se encuentra y a la que ni puede ni quiere cerrar sus ojos. Por eso, la primera solución que pretende es la de servir de puente entre ricos y pobres, pedir a los ricos para dar a los pobres, Juan necesita dinero y los ricos lo tienen. Su primera misión es despabilar la conciencia dormida de estos acomodados de la sociedad y, además de su dinero, les pedirá su solidaridad y su sentimiento de igualdad para con sus hermanos los pobres que son tan hijos de Dios como ellos, y aún más, porque si el Evangelio es parcial con alguien, es a favor de los pobres. La obra iniciada por el bendito Juan de Dios tiene unos alcances de auténtica revolución social.

Juan de Dios es signo de que todo lo humano habla de lo divino siendo por tanto el anuncio de un “cielo nuevo y una tierra nueva”. Juan de Dios es ante Dios el signo del hombre nuevo y ante los hombres el signo de la presencia de la misericordia de Dios en este mundo.

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.” (Lc.4, 18.)

De la profunda experiencia de Juan de Dios en el amor misericordioso, brota una gran confianza en Él. Juan, desde el momento de su conversión, se centra cada vez más en Jesucristo e intenta responder, haciendo suyas las actitudes y los gestos del mismo Jesús.

Juan hace por Dios todo lo necesario para que el Reino sea cada vez más claro entre los hombres. Él sabe que todo cuanto hace es de Dios, se siente imbuido por el Espíritu del Señor para ser buena noticia a los pobres.

“Todo ha de ser por Dios pasado… todo esto por amor de Dios; por todo habéis de dar muchas gracias a Dios” (L.B.9)

“Porque todos los bienes que los hombres hacen no son suyos sino de Dios. A Dios la honra, la gloria y la alabanza, que todo es suyo”. (1 G.L.11)

Desde esta experiencia, Él hace por Jesucristo, que es fiel y durable, una opción preferencial por los más pobres de la sociedad, hace suyas las palabras del Señor.

Cuando entréis en una ciudad, curad a los enfermos y decid que está cerca el Reino de Dios”

Juan entra en la Ciudad de Granada, identificándose con los más pobres de entre los pobres, su forma de “entrar en la ciudad” es hacerse uno de tantos, rebajarse con los más desgraciados del momento; él siente en su carne el frío, la desnudez, el dolor del látigo del Hospital Real, porque ha entrado a formar parte de una ciudad marginada. Desde esta experiencia de pobreza intenta levantar al hombre que junto a él está postrado en su misma situación.

“Tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser compasivo”.

Sus gestos encarnan y hacen realidad el amor del Padre hacia estos seres pequeños y desvalidos. Estos hombres vencidos por el mal, le han reconocido como la mano amorosa del Padre extendida hacia ellos.

Juan de Dios se hace presente donde la vida aparece casi destrozada; la encarnación de Jesús en el mundo él la actualiza, rebajándose y haciéndose uno de tantos, tomando la forma de pobre, enfermo mental, para levantar a los que estaban en la pobreza, la enfermedad, el abandono. (Flp.2). Y, solamente desde su actitud liberadora en medio de esta situación de pobreza absoluta, afirma que el Reino de Dios está cerca.

El servicio para el hombre enfermo, destinado al fracaso, humillado, excluido, es el lugar desde el que Juan de Dios se convierte en vocero de Dios y anuncia que Dios es amigo del hombre, de la vida. Juan de Dios es compasivo y profundamente humano, algo se estremece en su interior cuando se encuentra con personas necesitadas.

El otro día, cuando estuve en Córdoba, andando por la ciudad, encontré una casa con gran necesidad: vivían allí dos muchachas con el padre y la madre, enfermos en cama, paralíticos hacía diez años; tan pobres y mal cuidados los vi que me despedazaron el corazón”. (1 D.S.15)

Él hacía por Dios lo que experimentaba que Dios hacía por él; era compasivo y misericordioso.

Promover el Reino de Dios entre los hombres supone una lucha continua de entrega generosa hasta las últimas consecuencias. Él se entrega sin límites, sabe que Dios lo ha hecho antes por él.

Id proclamando que el Reino de Dios está cerca. Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis”. (Mt 10,7.)

Su donación absoluta parte de su sentido humano-divino de la vida. Y es lo que Juan de Dios hace por Dios; darse sin reservas para que Dios actúe en él.

“Si considerásemos cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien mientras pudiésemos; pues al dar nosotros por su amor a los pobres, lo que de Él mismo hemos recibido, nos promete el ciento por uno en la bienaventuranza.

¡Oh estupendo lucro y ganancia! ¿Quién no querrá dar lo que tiene a este bendito mercader? No hay para nosotros trato más ventajoso. Por eso, nos ruega con los brazos abiertos que nos convirtamos y lloremos nuestros pecados, y que hagamos caridad primero a nuestras almas y después a los prójimos, porque como el agua apaga el fuego, así la caridad borra el pecado”. (2 D .S.13)

Creer en Dios y en Jesús es una misma cosa, (Jn.12, 44; 14,1; 8,24. Ex.3, 14.) porque Jesús y el Padre son uno. (Jn.10, 30; 17, 21). Esta misma unidad es objeto de fe.

La opción de la fe es posible a través del testimonio y debe dilatarse en una vida limpia de pecado (Jn.3, 9); animada por el amor fraternal (Jn.4, 10ss; 5,1-5) y como dicen Pablo (Rom.8, 31-39) y Juan (1 Jn.4, 16) la fe induce a reconocer el amor de Dios a los hombres.

Juan de Dios cree en el hombre, imagen y semejanza de Dios, y para él, creer en Jesucristo y amar al hombre, son consecuencias que están, ambas, estrechamente unidas y que se derivan la una de la otra. Amar al hombre es por tanto consecuencia de la fe en Dios. Podemos afirmar que Juan de Dios creyó en el hombre de Dios. En la segunda carta a Gutiérrez Lasso dice:

“¡Hermano mío muy amado y muy querido en Cristo Jesús!. Os doy cuenta de mis trabajos porque sé que los sentís como yo sentiría los vuestros. Y como sé que amáis a Jesucristo y os compadecéis de sus hijos, los pobres, por eso os pongo al corriente de sus necesidades y de las mías.” (2ª L.B.10.)

En sus expresiones mezcla continuamente los conceptos, para él claros, de Dios y el hombre. Cuando está hablando de los pobres, salta a hablar de Dios, porque una idea le lleva a la otra.

“Si considerásemos lo grande que es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien mientras pudiéramos; pues al dar nosotros, por su amor a los pobres, lo que de Él mismo hemos recibido, nos promete el ciento por uno.” (1ª D.S.13)

Creer en el hombre de Dios, en esta inacabada historia de dolor que busca sentido en este valle de lágrimas, es una forma de explicación y ofrece la posibilidad de leer nuestra vieja historia de forma nueva e innovadora desde la fe, que lejos de alienar al hombre, lo sensibiliza al problema humano, ya que sin solidaridad con el hombre y sobre todo con los más pobres, sean quienes fueren, el evangelio de Jesucristo y la fe en él resultan tan incomprensibles como increíbles.

Juan de Dios creyendo en el hombre y sacando la cara por él, nos habla de Dios y de su fe en Él.

El amor compasivo de Juan es consecuencia de su fe; la asistencia a los pobres que acoge en su hospital, a las prostitutas a las que intenta reinsertar, a los niños abandonados en su portal, a todos los que a él acuden, es una manera de hablarnos de Dios. La suya, su Carisma.

” Y puesto que todos tendemos al mismo fin, aunque cada uno va por su camino, según el beneplácito de Dios y la vocación recibida, bueno será que nos ayudemos los unos a los otros…

Y me dé también humildad paciencia y caridad para con mis prójimos” (2ªLB. 12)

Según nos dice Castro él ve a Dios en todo hombre sin distinción de raza o credo, su amor estaba abierto a:

“Todo género de pobres y necesidades, que le iban acudiendo a que les socorriese: Viudas y huérfanos honrados, en secreto, pleiteantes, soldados perdidos y pobres labradores… y a todos socorría conforme tenían necesidad, no enviando a nadie desconsolado… estudiantes que mantenía y vergonzantes en sus casas… Algunas personas que le conocían y le veían distribuir y dar limosna en Valladolid, le decían: hermano Juan de Dios, ¿ por qué no guardáis los dineros, y los lleváis a vuestros pobres de Granada? Decía él: hermano, darlo aquí o darlo en Granada, todo es hacer bien por Dios que está en todo lugar” (Castro 60-77)

En el hombre dolorido de las calles de Granada, en los pobres dementes del hospital, descubre los rasgos de Cristo en el que cree apasionadamente. Y en el que encuentra la clave de lectura de fe, que le impulsa a comprometer toda su existencia en el amor y servicio de Dios vivo y presente en los pobres y enfermos de Cristo.

La fe en el amor misericordioso de Dios para con él es en definitiva el móvil para entregarse al servicio de Jesucristo en los pobres enfermos y en todo hombre que es imagen de Dios.

Solamente Jesucristo, hombre pleno, nos da una idea clara, revela a Dios como la figura perfecta del Dios que se da a conocer en la plenitud de los tiempos. El Dios del Hombre tiene una originalidad que el hombre no podría imaginar, los rasgos que revelaba de sí mismo en el A.T. Es para Jesús, como no lo es para ninguno de nosotros, “el primero y el último”, Aquel de quien viene Cristo y al que retorna, el que todo lo explica y de quien todo desciende, cuya voluntad debe cumplirse a toda costa y que siempre basta.

Es el Santo, el único Bueno, el único Señor. Es el Único al lado del cual nada cuenta; y Jesús, para mostrar lo que vale, “a fin de que sepa el mundo que Él ama a su Padre” (Jn.14, 31), sacrifica todos los esplendores de la creación y afronta el poder de Satán, el horror de la cruz.

Dios es el Dios vivo siempre activo, atento a todas sus criaturas, apasionado por todos sus hijos y su ardor devora a Jesús en tanto no haya entregado el Reino a su Padre. (Lc.12, 50)

Este es el Dios del hombre, el Dios, en el que Juan de Dios está convencido, que habita en todo hombre, es el Dios en el que cree Juan, el Dios del hombre, el Dios Amor. A este Dios, Juan levanta un santuario para adorarlo “en espíritu y verdad”. El Hospital es el nuevo templo de Dios, y él lo llama Casa de Dios.

“Cuando vengáis a esta casa de Dios, que sepáis conocer el mal del bien” (LB.59). “No sé si el Señor será servido que volváis a esta casa tan aína” (LB.71). ” Son muchos los pobres que llegan a esta casa de Dios” (1GL.18). ” Sustentar y vestir los pobres de esta casa de Dios” (3DS.19).

Juan anuncia la Nueva Alianza en el amor, la forma auténtica de adorar a Dios. El cuerpo viviente del hombre Cristo es el nuevo templo; templo y ofrenda, pues será ofrecido al Padre por amor a los hombres para ser después reconstruido en la resurrección.

Dios es lo absoluto, pero no lejano al hombre. Dios quiere vivir en el hombre y con el hombre; quiere un pueblo-templo, casa y propiedad suya.

En ese pueblo-templo, hospital, casa de Dios, todos son sacerdotes, ya que todos han de ofrecerse a sí mismos a Dios sobre el altar del sufrimiento y del amor; y por lo tanto todos son ofrenda.

Jesús como recuerda la carta a los Hebreos (cap.9), fue el primero que como sumo sacerdote,

“De una vez para siempre se ofreció a sí mismo a Dios para purificarnos de las obras muertas y rendir así culto al Dios de la Vida”.

Juan de Dios, haciendo el Bien y ofreciéndose a sí mismo en sus hermanos y prójimos, aclara en qué consiste esta perfecta Alianza de Dios con el Hombre, cuál es la Ley Suprema de la misma y cuál es su culto, según dice la carta a los Hebreos.

La fuerza y la sabiduría de Dios establecen una Alianza con los hombres que no podrá ser comprendida por quienes rehuyen del propio sacrificio o sólo buscan un culto exterior. La Alianza fue proclamada a los pobres y a los humildes; tampoco fueron los doctos los que abrazaron la fe y los que cimentaron la historia del cristianismo.

¿No sabéis que vosotros sois el templo vivo de Dios y que el Espíritu de Dios vive en vosotros?”(1 Cor.3, 16).

Cuenta Gómez Moreno en las “Primicias Históricas” que:

“Era tanta y tan grande la caridad de que Nuestro Señor había dotado a su siervo y las obras tan peregrinas que de ella procedían, que algunos, juzgándolo con espíritu vano, lo tenían por pródigo y disipador; no entendiendo el verdadero significado de la caridad de Juan de Dios, llegaba hasta dar, muchas veces, la ropa que traía vestida y quedarse desnudo, siendo piadosísimo para con todos y todo cuanto hacía y daba le parecía poco y siempre se hallaba en deudas de más… A cualquiera daba limosnas, sin mirar más que se las pidiesen por amor de Dios y si le decían: mira que pide sin necesidad, Él respondía: No me engaña a mí, él mire por sí que yo por amor del Señor se las doy”

Juan de Dios cree que el hombre es el nuevo templo de Dios y a él se entrega con un culto razonable. Cree en el Dios del hombre o mejor dicho en el Dios que habita en el templo del hombre. Aquí está el fundamento de su caridad. Dios no le pide al hombre más de lo que puede dar. Si sólo puede dar pobreza y enfermedad, eso basta. ¡Saber que Dios nos acepta y nos ama así porque somos su templo, su imagen es algo simplemente hermoso!.

Se sabía Juan servidor de la mesa del Reino; este Reino que Jesús tiene que entregar al Padre. Si el Reino se entiende como una mesa tendida a la humanidad necesitada, para acercarse al hombre allí donde está, tal cual es, con su problema y su preocupación; para encontrar juntos la salida, Juan conoce el santuario y quien habita en él. Por eso se acerca a ejercer su culto sacerdotal, para adorar al Dios vivo presente en la mesa de la humanidad, en la mesa del Reino.

Una vez que Juan descubre la realidad, se le impone la obligación de buscar el camino más apto para entrar en diálogo con el hombre concreto, con el Dios presente en la historia. No se preocupa demasiado de lo que le va a decir o cómo lo va a remediar; es más importante saber con qué lenguaje se dirige al hombre y Juan lo hace con el lenguaje de la oración, del culto, de la Nueva Alianza, del Reino: EL AMOR.

Por eso los hombres viendo en él el amor de Dios le llamaron:

JUAN DE DIOS.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

Los comentarios están cerrados