CAPITULO XVI

Lunes, 24 marzo 2008, 1:24 | Categoría : Información

LA CALLE LUCENA. PRIMER HOSPITAL DE JUAN DE DIOS (1540-1541)

Con la ayuda de algunas personas devotas que le ayudaban en sus trabajos, consiguió una casa en la pescadería de la ciudad. Cerca de la plaza de Bibrambla, lugar éste junto con otros de la ciudad de donde recogía a los pobres y necesitados, compró unas esteras de anea y algunas mantas viejas en las que pudieran dormir, ya que no tenía medios para más, ni medicinas que darles.

Este primer hospital de Juan de Dios, de la calle Lucena, funcionaba ya como refugio para pobres, eran los discípulos de Juan de Ávila los que lo regentaban y ellos los que pidieron a Juan de Dios, por mediación del Maestro Ávila, que se pusiera al servicio de él. Tal vez podamos aquí ver el motivo del “empeño” de Juan de Ávila por formar a Juan de Dios, para que se incorporase a la asistencia de caridad que él ya tenía proyectada en Granada.

Pero Juan de Dios superó con creces las expectativas, tanto de los discípulos como las del Maestro Ávila, ya que el hospital se fue llenando de pobres de una manera insospechada. Ya no se esperaba a que llegasen los pobres al hospital a pedir socorro, porque Juan de Dios salía a buscarlos y, cargándolos sobre sus hombros, era él mismo quien los llevaba, albergaba y procuraba el consuelo.

El hospital se desbordó y desbordó a los discípulos de Juan de Ávila, que ya no daban abasto para el mantenimiento ni la ayuda que era necesaria en el hospital. Fue Juan de Dios con el brío de su caridad y recién estrenado Carisma el que fue dando forma, consolidando aquel no ya refugio, sino hospital-casa de Dios que acababa de ser fundado.

Los discípulos de Juan de Ávila continuaron ayudando y favoreciendo a Juan de Dios en su ingente obra de caridad, pero era nuestro querido Santo el que limpiaba las ollas, fregaba los suelos, asistía a los enfermos y les procuraba los remedios tanto materiales como espirituales, como ahora veremos, y todo esto sin mano de obra exterior ya que la mayoría de la gente aún lo tomaba por loco y no se atrevían a mezclarse en su obra.

No tardó en encontrar algún buen sacerdote que le echase una mano en la asistencia espiritual. Así vemos cómo Juan de Dios le decía a sus pobres:

Hermanos, dad muchas gracias a Dios, que os ha esperado tanto tiempo a penitencia, pensad en lo que lo habéis ofendido, que yo os quiero traer un médico espiritual, que os cure las almas, que después para el cuerpo no faltará el remedio; confiad en el Señor, que él lo proveerá todo (como sucede a los que hacen de su parte lo que pueden).”

Y así les trajo un sacerdote para que se confesasen todos.

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

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