CAPITULO XVIII

Martes, 25 marzo 2008, 14:14 | Categoría : Información

EL PRECIO DEL PECADO, LA BENDITA PASIÓN

La muerte de Jesús, su pasión, siempre se ha interpretado en la Iglesia, desde los tiempos más tempranos, como salvadora y expiatoria, “por nosotros y por muchos”. Vista a la luz del “canto del siervo”, “no tenía atractivo ni belleza…, despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores… Mas ciertamente, llevó nuestra enfermedad y cargó con nuestros dolores… Fue traspasado por nuestros pecados, molido por nuestras maldades, cargó el castigo sobre Él para nuestra paz, habiendo sido nosotros curados por sus heridas… ofreció su vida como sacrificio por el pecado; verá descendencia que vivirá largamente. Porque se entregó a la muerte, contándosele entre los malhechores, porque llevó los pecados de muchos e intercedió por los pecadores.” (Is. 5,1-12)

Del Canto del Siervo y de toda la predicación evangélica y de las cartas, podemos deducir que Jesús está entre sus discípulos como quien sirve. (Lc 22,27). La pasión y muerte de Jesús es la manifestación suprema del amor del Padre y del mismo Jesús a los hombres. (Rom 5,6-8. 1ªJn.4, 10)

Las explicaciones de la redención tuvieron como consecuencia una glorificación tal del dolor que, a menudo, los «consuelos» que no pocas personas piadosas ofrecen al que sufre, se convierten en causa de ateísmo y cólera. Pero no es éste el sentido que le da Juan de Dios, como veremos más adelante y como ya hemos intentado esbozar.

Unos sufrimientos proceden de la condición finita de los seres humanos y otros del mal uso que hacen de su libertad. Pero, si esto es así, parece necesario concluir que Dios no podía crear seres humanos totalmente libres de sufrimientos, porque el ser humano no puede dejar de ser a la vez finito (a diferencia de Dios) y libre (a diferencia de los animales). La alternativa para el Creador no consistía en crear a los seres humanos expuestos al sufrimiento o crearlos protegidos de él, sino en crear a los seres humanos expuestos al sufrimiento o no crearlos en absoluto. Como decía Bemard Shaw: «El mundo no hubiera sido creado si su Hacedor hubiese temido causar trastornos».

En este sentido, es correcto decir que Dios no quiere el mal pero lo permite porque sabe que es una consecuencia inevitable de la creación. Dios debió considerar que, a pesar de todo, el mundo valía la pena. Y, de hecho, si exceptuamos algunas corrientes filosóficas, como el existencialismo de la postguerra, el conjunto de los seres humanos también considera que, a pesar de todos los pesares, es mejor vivir que no vivir.

En mi opinión, la única respuesta correcta es que hace todo lo que puede hacer… sin suprimir nuestra dignidad:

Ha puesto en nosotros la inteligencia para que, estudiando las leyes de la naturaleza, podamos vencer poco a poco los males físicos. «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla», dijo a la humanidad (Gen 1, 28).

Y nos ha redimido llenándonos de su Espíritu, para vencer el mal moral, de forma que algún día empleemos la libertad para hacer el bien, y no para hacernos daño unos a otros. «Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para hacer el mal; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Gal 5, 13).

Es decir, Dios ha querido luchar contra el mal a través de nosotros.

Juan de Dios es la manifestación del amor de Jesús entre los hombres, es la visibilidad de la caridad de Dios en la Iglesia, por ellos experimenta el amor misericordioso del Padre en la muerte de Cristo y siente el deseo imperioso de comunicar la grandeza de la “bendita pasión” como visibilización del amor de Dios, lo concreta desde su pasión de amor por el hombre sufriente.

“Si mirásemos cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien mientras pudiésemos, pues que, dando nosotros por su amor a los pobres lo que el propio nos da, y nos promete el ciento por uno en las bienaventuranzas ¡oh bienaventurado logro y usura! ¿Quién no da lo que tiene a este bendito mercader, pues hace con nosotros tan buena mercancía y nos ruega con los brazos abiertos que nos convirtamos y lloremos nuestros pecados y hagamos caridad, primero a nuestras ánimas y después a los prójimos; porque así como el agua mata el fuego, así la caridad al pecado?” (1ªDS.13)

El servicio de Jesús no se puede considerar como meramente humanitario. Sin duda que la Comunión de Jesús con pobres y marginados de entonces tenía para ellos también algo de humanamente liberador. Jesús curaba las alienaciones del hombre desde su raíz más profunda. La verdadera liberación, la auténtica sanación traída por Jesús, consistía en el perdón de la deuda ante Dios.

Juan de Dios, instrumento de Dios, está al servicio del hombre, también como liberador desde su raíz más profunda. El Santo de la Caridad invita a contemplar el Acto Heroico de Caridad de Dios, “su bendita Pasión”, como una acción liberadora de Gracia y Esperanza.

Dice:”Están en raso colorado, porque siempre tengáis en vuestra memoria la preciosa sangre que nuestro Señor Jesucristo derramó por todo el género humano y Sacratísima Pasión, porque no hay más alta contemplación que la pasión de Jesucristo; y cualquiera que de ella fuere devoto, no se perderá con la ayuda de Jesucristo. La tercera es esperanza en sólo Jesucristo, que por los trabajos y enfermedades que por su amor pasásemos en esta vida miserable, nos dará la gloria eterna por los méritos de su Sagrada Pasión y por su gran misericordia.” (3ªD.S.)

Jesús es el hombre para los demás en su vida y en su muerte. Este ser para los otros, constituye su esencia más íntima, pues por eso es el amor de Dios personificado para los hombres.

La muerte obediente de Jesús es resumen, concreción y cima definitiva y superadora de todo respecto de su actividad.

La significación salvífica de Jesús no se limita exclusivamente a su muerte. Por ello, en la espiritualidad cristiana no podemos sacar este hecho, final de un proceso, si no lo contemplamos en el conjunto de su vida. La muerte de Jesús es la rúbrica final, el Sí profundo que comenzó en Belén. Es toda la vida de Jesús, el preludio de su muerte; por ello es la entrega cotidiana la que expresa la espiritualidad del cristiano. La muerte de Jesús es una invitación para el amor al prójimo.

Juan de Dios lo ha entendido perfectamente, y lo recomienda vivamente a quien pretende hacer un seguimiento de la espiritualidad cristiana.

“Pues a mí me parece que andáis como piedra movediza, bueno será que vayáis un poco a rasgar vuestras carnes…”.

Dentro de la espiritualidad hospitalaria, el sufrimiento forma parte del mismo carisma, en cuanto se acepta como consecuencia de la entrega cotidiana al hombre que sufre, es sufrir con el que sufre.

Dentro de la tradición bíblica se consideró escandaloso que Jesús hubiera muerto abandonado de Dios. El grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, efectivamente proviene del Salmo 22 que imprimió su sello a todo el relato de la pasión. La cita del comienzo del Salmo está remitiendo, conforme a la forma de citar de aquel tiempo, al Salmo íntegro. Este Salmo es una lamentación que acaba en una acción de gracias. El sufrimiento del justo se experimenta como abandono de Dios, pero en el sufrimiento y en la angustia, el justo siente que Dios es Señor desde el principio. Jesús no se desmoronó en su fe, y he aquí algo que para el cristiano tiene un valor tremendamente salvífico.

Juan de Dios remitía continuamente a la Pasión del Señor, porque él estaba en constante relación con la pasión del hombre, que era la suya propia.

Jesús experimenta a Dios como Aquel que se realiza precisamente en la cercanía. Experimentó el insondable misterio de Dios y su voluntad, pero superó esta noche por la fe. De forma que este vacío insuperable que produce el abandono de la Pasión, se convierte en hueco para la plenitud de Dios.

Juan de Dios conoce este hueco, este vacío insondable y quién es el que lo llena, y recomienda recurrir a la bendita Pasión en los momentos de angustia y soledad humana. Él supo descubrir que la muerte es fuente de vida, la otra cara de la venida del Reino de Dios en el amor.

Muchos son hoy los motivos de sufrimiento impuestos. La angustia de la fe, la incertidumbre para el porvenir del mundo, pérdida del sentido de la vida; la vida insignificante, el anonimato, la impotencia de los buenos para transformar la historia. Tantas cosas que se viven de manera constante y pesan sobre la conciencia aunque no haya atención.

La necesidad de recurrir constantemente a la Pasión es una forma de superar la vanidad, la codicia, el poder, la sensualidad.

Embebidos con el peso y el carácter doloroso de la cruz, olvidamos que es, ante todo, fuerza de redención y victoria. En los momentos de tribulación, se goza como nunca la conciencia de la propia identidad transparente, el conocimiento del sentido de las cosas. Él goza de ser llevados por el poder divino, la libertad de no deber nada a nadie fuera de Dios.

Juan de Dios no halla mejor consuelo en los momentos de tribulación que la meditación de la Pasión, y así lo recomienda:

No hallo mejor remedio ni consuelo, para cuando me hallo apasionado, que es mirar y contemplar a Jesucristo crucificado; y pensar en su Pasión Santísima y los trabajos y angustias que padeció en esta vida; todo por nosotros pecadores, y malos e ingratos y desconocidos; que mirando que el Cordero sin mancilla padeció tantos trabajos sin merecerlos, queremos y buscamos descanso y placer en tierra donde tantos males y penas dieron a Jesucristo, que nos crió y redimió; ¿qué esperamos nosotros hacer?. (2ª D.S.19)

Por Juan José Hernández Torres | Comentarios desactivados

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