‘La nueva Jerusalén’ (editorial Comares)

‘La nueva Jerusalén’ (editorial Comares) un libro que surge de un pormenorizado trabajo de investigación que recibió en 2020 el I Premio Hábitat Barroco patrocinado por los Caballeros y Damas de la Basílica de San Juan de Dios.- Reportaje en el diario IDEAL de Granada, el domingo 13 de junio de 2021, Festividad de San Antonio de Padua.-

El otro ‘Gran Capitán’ que yace en Granada

Un libro del profesor Juan Jesús López-Guadalupe aporta todos los datos del ‘hacedor’ del retablo de San Juan de Dios y da las claves para interpretar esta obra cumbre del Barroco

Fray Juan José asomado a la basílica y el retablo. / RAMÓN L. PÉREZ
JORGE PASTOR Granada 

Siempre que se citan gestas gloriosas relacionadas con la reconquista, hay un nombre que aparece en letras doradas: Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), más conocido como El Gran Capitán por su excelencia en la contienda. Guerreó en Portugal,Francia y Nápoles y ganó batallas en Granada –Tájara, Íllora, Montefrío y Loja–. Su cadáver reposa en la cripta del Monasterio de San Jerónimo, del que fue mecenas. Pero la Historia presenta curiosos paralelismos que, a veces, tienen poco de casuales. Y es que a pocos metros de la sepultura del Gran Capitán, la orden de San Juan de Dios quiso que dos siglos y medio después también yaciera en su templo fray Alonso de Jesús Ortega, el gran hacedor del majestuoso retablo y la espléndida basílica que guarda las reliquias del santo, considerada una de las últimas obras cumbres del barroco tardío español.

El Gran Capitán y el padre Ortega están enterrados mirando al altar. Los dos lo hacen, además, en templos consagrados a la Inmaculada Concepción. Y los dos sufragaron sendos edificios ¿Coincidencia? Pues lo más probable es que no. Según el profesor de Historia del Arte de la Universidad de Granada, Juan Jesús López-Guadalupe, «el padre Ortega supo leer a la perfección todo el contexto» en referencia a la proximidad de San Jerónimo, dedicado a la Inmaculada, y también al monumento concepcionista que había detrás del edificio de la Normal, que posteriormente fue trasladado hasta los jardines del Triunfo. Es decir, el padre Ortega tuvo muy en cuenta todo el entorno para construir un discurso donde todo encaja como las piezas de un puzzle.

Todas las claves, todas las incógnitas, todas las lecturas, todos los misterios… en torno al retablo de San Juan de Dios, obra de Francisco José Guerrero bajo la tutela directa de Alonso de Jesús Ortega, han sido estudiados al detalle por Juan Jesús López-Guadalupe en ‘La nueva Jerusalén’ (editorial Comares), un libro que surge de un pormenorizado trabajo de investigación que recibió en 2020 el I Premio Hábitat Barroco patrocinado por los Caballeros y Damas de la Basílica de San Juan de Dios y que será presentado en las próximas semanas –aunque ya está distribuido por las principales librerías–.

Fechas

1740
La decisión de construir el retablo se tomó en diciembre de 1740. Se realizó en tres fases. Para abril de 1744 se había acabado la obra en madera, el año siguiente, el dorado, y en 1753-1754, el nuevo nicho de la Inmaculada.
1771
Fray Alonso fue enterrado a los pies del altar, al igual que el Gran Capitán, en 1771.

Pero sigamos abundando en la figura del padre Ortega, general de la orden con carácter vitalicio desde que fue nombrado en 1738 hasta que falleció en 1771. Ortega, natural de Lucena, viajaba por toda España, pero pasaba largas temporadas en Granada. Aquí enfermó, aquí convaleció y aquí, a los pies de la capilla, recibió cristiana sepultura tras lograr una dispensa del Papa Benedicto XIV en 1747. El retablo de San Juan de Dios, realizado entre 1740 y 1754, siempre fue su gran empeño, aunque implicara para él alguna contradicción. «En los documentos –explica Juan Jesús López-Guadalupe– muestra su preocupación por los gastos suntuarios frente a la razón asistencial de la orden, centrada en la atención a los pobres». A pesar de ello, su grado de implicación fue tal que él mismo financió buena parte del retablo y de las obras con sus recursos o logrando limosnas procedentes de los territorios de América.

Y no fueron cuatro reales. Según figura en ‘La nueva Jerusalén’, el altar que atesora los huesos de San Juan de Dios tuvo un coste de 58.528 reales y 14 maravedíes, a los que habría que sumar otros 25.626 reales y 27 maravedíes de las modificaciones ulteriores ordenadas por el propio Ortega (1753-1754) para dotar de mayor presencia a la Inmaculada de Diego Sánchez Saravia. A esta cantidad habría que sumar otro importe que no se ha podido determinar correspondiente a la aplicación del oro. Un dorado realizado a conciencia con medida combinación de brillo y mate para realzar unas formas en detrimento de otras, y obtener al mismo tiempo una espectacular visión de conjunto que atrapa tanto a los fieles como a los miles de visitantes que acuden desde toda España para ver el retablo y disfrutar de ese momento mágico en que se abren las puertas del camarín para mostrar las reliquias de San Juan de Dios.

Frente a la creencia de que el retablo representa un cirio, la teoría de López-Guadalupe es que emula una columna triunfal rematada por la imagen de la Inmaculada

Y es que éste fue el principal motivo por el que se erigió esta iglesia tan ricamente decorada. «Dota de todo el decoro al retablo, concebido como un gran ventanal a través del cual contemplar los restos de San Juan de Dios alojados en una urna de plata realizada por el orfebre jienense Miguel de Guzmán en el año 1759», dice López-Guadalupe. «El templo en sí es un gran relicario», resume.

Pero ‘La nueva Jerusalén’ recoge, además, una interesante reinterpretación del propio retablo. Hasta ahora siempre se había barajado la hipótesis que se había diseñado emulando una especie de cirio donde la imagen virginal sería la llama. «Mi teoría es otra», señala López-Guadalupe. «En realidad se muestra una columna triunfal, al modo que se hacía en la antigua Roma, que se asimilaría a la que hay en el Triunfo, rematada por la Inmaculada», agrega. El fuste es la eucaristía, continua con el camarín y encima se encuentra la Inmaculada. A los lados se hallan San Joaquín y Santa Ana, que miran hacia el tabernáculo y con una posición corporal que compositivamente sirve para dibujar un gran rombo.

Con sello de Guerrero

Todo ello, ideado por fray Alonso, fue materializado magistralmente por Francisco JoséGuerrero, granadino que desde muy joven se marchó a Lucena para formarse como tallista y retablista. Allí, en la localidad cordobesa, entabló contacto con fray Alonso. A Guerrero se le atribuyen otros grandes retablos como el de la iglesia de los Remedios de Antequera o como el de Las Agustinas del propio Lucena. Guerrero, además de un reputado artista, desarrollaba otras actividades económicas relacionadas con la compra venta de fincas y con el comercio de tejidos. Es decir, tenía un perfil empresarial y lo más probable, según López-Guadalupe, es que dirigiera un equipo de tallistas (cuatro o cinco) que durante cuatro años acometieran este encargo tan especial para Granada.

«La basílica de San Juan de Dios de Granada está planteada en sí como un gran relicario» Juan Jesús López-Guadalupe, Autor del libro

Desde el punto de vista artístico, estamos hablando de una pieza de máxima relevancia en el Barroco tardío, una etapa caracterizada por el hiperdecorativismo. Lo que más llama la atención, a juicio del autor de ‘La nueva Jerusalén’, es la base de los estípites, delgados y frágiles, sostenidos a su vez por otros cuatro estípites pequeños para lograr un efecto de ingravidez. Se realizó un ímprobo trabajo escultórico. Tanto que inicialmente se esculpieron 150 ángeles. La mayoría de ellos portaban velas.La base también se iluminaba para reforzar esa sensación de liviandad.

López-Guadalupe posa ante el retablo. / RAMÓN L. PÉREZ

Respecto a las esculturas, la Inmaculada de Sánchez Saravia es una de las últimas versiones barrocas del modelo de Alonso Cano. También se pueden apreciar dos santos. Uno es San Ildefonso, tradicionalmente asociado a la veneración hacia la Virgen María. Y el otro es San Carlos Borromeo, que fue arzobispo de Milán y uno de los grandes benefactores de la orden de San Juan de Dios. Y es que el padre Ortega siempre se sintió identificado con San Carlos Borromeo, que se preocupó por el gobierno eficaz de la Iglesia, por el decoro hacia el culto divino y por el auxilio a los más necesitados, tres de las líneas de actuación que siempre caracterizaron al padre Ortega.

 

‘La nueva Jerusalén’ (editorial Comares), un libro que surge de un pormenorizado trabajo de investigación que recibió en 2020 el I Premio Hábitat Barroco patrocinado por los Caballeros y Damas de la Basílica de San Juan de Dios.