CARTA DEL GRAN MAESTRE

 

Estimados Caballeros y Damas:

 

Me dirijo a vosotros con estas palabras, en unos momentos, cuando menos, de tribulación y angustia a que nos vemos sometidos por la epidemia de este virus que nos asola.

 

Las restricciones que nos han sido impuestas provocan en nuestro ánimo una sensación de impotencia, preocupación e incertidumbre ante la evolución de esta pandemia, que nos afecta en lo personal y que se extiende a lo familiar y social. La inquietud por el porvenir nos produce una sensación de agobio, un singular sufrimiento que se hace difícil apartar de nuestra mente y hace largos los días y las noches, enclaustrados entre las cuatro paredes de nuestro hogar.

 

San Juan de Dios se vio a menudo en situaciones parecidas que supo superar con la mirada puesta siempre en nuestro Señor, pues como decía a la duquesa de Sessa en una de sus cartas “Jesucristo lo provee todo”. Cuantas veces, nos dicen sus biógrafos, se tenía que recluir en su hospital, porque no podía salir a la calle a causa de sus muchas deudas, originadas por la atención y el amor a sus pobres vergonzantes y a sus enfermos.

 

Como hacía Juan de Dios, no debemos caer en la desesperación pensando que el Señor nos ha olvidado, porque como dice el Salmo 55 “hay que confiar nuestra suerte en el Señor” porque “el nos sostendrá” y el Salmo 23 nos recuerda que “el Señor es mi pastor y nada me falta…”.

 

En estas fechas en las que esperábamos reunirnos los Caballeros y Damas, Decuriones y Escuderos de la Orden en torno a la Comida Benéfica que todos los años organizamos en beneficio de la Hermandad del Santo Escapulario, con el fin de ayudar a los necesitados de Granada, os quiero mandar estas palabras de aliento pensando en la necesidad de superar estos días de amargura y congoja, que deben constituir, más que un momento de dolor y tristeza, una ocasión de superación personal, para lo que nos debemos apoyar en la oración sincera, transmitiendo a los demás la alegre serenidad de un verdadero cristiano y un perfecto e integro Caballero o Dama.

 

No deseo haceros incómoda, por dilatada y extensa, la lectura de esta carta. Termino con la máxima de un filósofo, cuyo nombre no recuerdo, que afirmaba: “bienaventurados los que saben reconocer al Señor en todos los que encuentran, porque han descubierto la verdadera luz y la verdadera sabiduría”. Espero haberos confortado con estas palabras en estos momentos difíciles y que os acompañe siempre la bendición de Nuestro Señor.

Laudetur Iesus Cristus.